Veintitantos
Abrió su cartera para sacar los billetes y tirarlos sobre la cama. Encendió un pucho con el encendedor que el cabro chico había dejado sobre el velador y se acercó a la ventana para mirar las luces de la ciudad. Con suerte si pudo ver algo entre los vidrios empañados y la lluvia de afuera, que caía incesante y que le había dejado los zapatos húmedos y hasta un poco desarmados. El mismo efecto que había producido el veinteañero en ella algunos minutos atrás. Lo miró mientras él juntaba su ropa y le dedicaba una mueca de agradecimiento al recoger su plata. “Espero que esta no sea la última”, le dijo, sin siquiera pensarlo. Claro: si ni siquiera necesitaba seducirlo, si ni siquiera necesitaba encantarlo. Era fácil, bastaba con juntar las cincuenta lucas que le pedía el niñito por un par de horas.
Se sintió patética. Recordó los años mozos, antes de que los hijos le quitaran la armonía y antes de que el ex-marido le borrara la sonrisa, cuando los hombres hacían fila para salir con ella, que se resistía y jugaba a encantarlos a todos. A que cada uno de ellos la incluyera dentro de sus pensamientos y poesías, sin importar si eran buenos o malos. Al menos eso le mantenía satisfecha mientras esperaba a ese único beneficiario de su piel. Quizás no debió casarse virgen con el bastardo aquel. Hubiese valido la pena haber probado un par de veces a alguno de los tantos que le prometieron amor eterno o a uno de los pocos que tuvieron la desfachatez de invitarla a un motel. De seguro la madre se hubiese horrorizado, si ella no le escondía nada. Pero qué tanto, si la vieja se había muerto dejándole la herencia al hijo del vecino pues nunca se sintió orgullosa de ella. Al menos hubiese sabido a tiempo qué era un orgasmo, sin haber tenido que pagar por el primero. Al menos hubiese desconfiado un poco más del amor eterno y de la irreversibilidad del matrimonio.
Volvió a mirar al cabro chico, que esta vez, recién salido de la ducha, le pareció igual al mayor de sus hijos. En ese momento salió al balcón, como solía hacerlo al sentirse abatida. Nueve años le quedarían en la cárcel al único hombre que pudo amarla locamente, que vivió toda su adolescencia escuchándola gritar tras cada golpe y mirándola llorar sangre frente al espejo del baño. Eso debió haber sido suficiente como para que reuniera fuerzas y asestara las doce puñaladas sobre el cuerpo de su padre sin vacilación alguna. Suficiente como para que se quedara de brazos cruzados esperando que llegara la policía y se lo llevara. Nunca imaginó que terminaría cambiando la Escuela de Arquitectura por diez años y un día en la Penitenciaría.
Hace semanas que no iba a verlo. Y no sabía por qué. Tampoco tenía claro qué solucionaba al asomarse desnuda al frío del invierno en la ciudad. Como si las gotas de lluvia pudieran lavar sus culpas.
A los pocos minutos el cabro chico abrió el ventanal y le recordó que Alejandra salía a las seis y que estaría por llegar. La maldijo plena de envidia: a ella le salía gratis tirar con el pendejo. Todo porque era joven y hermosa. Su viva imagen… veintitantos años atrás.
Se sintió patética. Recordó los años mozos, antes de que los hijos le quitaran la armonía y antes de que el ex-marido le borrara la sonrisa, cuando los hombres hacían fila para salir con ella, que se resistía y jugaba a encantarlos a todos. A que cada uno de ellos la incluyera dentro de sus pensamientos y poesías, sin importar si eran buenos o malos. Al menos eso le mantenía satisfecha mientras esperaba a ese único beneficiario de su piel. Quizás no debió casarse virgen con el bastardo aquel. Hubiese valido la pena haber probado un par de veces a alguno de los tantos que le prometieron amor eterno o a uno de los pocos que tuvieron la desfachatez de invitarla a un motel. De seguro la madre se hubiese horrorizado, si ella no le escondía nada. Pero qué tanto, si la vieja se había muerto dejándole la herencia al hijo del vecino pues nunca se sintió orgullosa de ella. Al menos hubiese sabido a tiempo qué era un orgasmo, sin haber tenido que pagar por el primero. Al menos hubiese desconfiado un poco más del amor eterno y de la irreversibilidad del matrimonio.
Volvió a mirar al cabro chico, que esta vez, recién salido de la ducha, le pareció igual al mayor de sus hijos. En ese momento salió al balcón, como solía hacerlo al sentirse abatida. Nueve años le quedarían en la cárcel al único hombre que pudo amarla locamente, que vivió toda su adolescencia escuchándola gritar tras cada golpe y mirándola llorar sangre frente al espejo del baño. Eso debió haber sido suficiente como para que reuniera fuerzas y asestara las doce puñaladas sobre el cuerpo de su padre sin vacilación alguna. Suficiente como para que se quedara de brazos cruzados esperando que llegara la policía y se lo llevara. Nunca imaginó que terminaría cambiando la Escuela de Arquitectura por diez años y un día en la Penitenciaría.
Hace semanas que no iba a verlo. Y no sabía por qué. Tampoco tenía claro qué solucionaba al asomarse desnuda al frío del invierno en la ciudad. Como si las gotas de lluvia pudieran lavar sus culpas.
A los pocos minutos el cabro chico abrió el ventanal y le recordó que Alejandra salía a las seis y que estaría por llegar. La maldijo plena de envidia: a ella le salía gratis tirar con el pendejo. Todo porque era joven y hermosa. Su viva imagen… veintitantos años atrás.
Escrito por Carlos a las 23:46 del miércoles 1 de julio de 2009 | 0 Comentarios PermaLink
Converse
En la enésima vez que sonaron los acordes del primer tema de su disco favorito de Marillion pensó en aquella inocente que sonreía sobre suelas de Converse All-Star y que solía disfrutar un cinturón azul como emblema máximo de egolatría. Quedó perdida en la noche santiaguina, cuando él todavía no era un protagonista real, sino que sólo un artista invitado… pero uno bien frecuente. Se imaginó qué podría haber pasado –esa bendita pregunta que suele arrasar imperios y desarmar los corazones– si le hubiese dado el beso esa noche o si hubiese sonreído sentado sobre su cama. Quién sabe.
A propósito, ¿no habrá sido él quien se extravió camino a la Quinta Normal, cuando se hacía difícil alcanzar el último Trains? Seguramente no. Hoy evitaba salir al paraíso por alguna extraña razón. A decir verdad, la razón hacía pleno sentido: el statu-quo. Lo encantador que podía llegar a ser estando separado por una mesa y mirando fijamente a la oposición se contradecía infinitamente con lo bruto que terminaba siendo al sumergirse en grados asentados en un cuarto. No era su estilo, no era la costumbre, no tenía gracia. Además que los resultados eran nefastos: bastaba con sumar el presupuesto botado en ollas, sartenes y cubiertos, en helados de un sabor desagradable que no podía recordar y en libros que no valdrían de nada. Bastaba con considerar las preocupaciones derivadas de problemas eventualmente desatados por él mismo. Bastaba pensar en que quizás el descaro terminaría salvándole del yugo eterno o condenando a muerte a alguien más. Perfecto: la ecuación no era tan mala después de todo.
Debía dormir para dedicarle sus esfuerzos a la Econometría. La semana había valido la pena después de las sonrisas causadas. Quizás no tenía que resistirse tanto. Quizás correspondía desconfiar más esta vez. La interrogante quedaría abierta y sería refrendada en las cuatro semanas posteriores. Como si se hubiera reencontrado, miró al suelo hasta encontrarse con la elección de su mejor amiga. Ahora tenía algo en común con la inocente menor de edad... sólo que en otro color. Uno fome. Que le hizo sonreír.
A propósito, ¿no habrá sido él quien se extravió camino a la Quinta Normal, cuando se hacía difícil alcanzar el último Trains? Seguramente no. Hoy evitaba salir al paraíso por alguna extraña razón. A decir verdad, la razón hacía pleno sentido: el statu-quo. Lo encantador que podía llegar a ser estando separado por una mesa y mirando fijamente a la oposición se contradecía infinitamente con lo bruto que terminaba siendo al sumergirse en grados asentados en un cuarto. No era su estilo, no era la costumbre, no tenía gracia. Además que los resultados eran nefastos: bastaba con sumar el presupuesto botado en ollas, sartenes y cubiertos, en helados de un sabor desagradable que no podía recordar y en libros que no valdrían de nada. Bastaba con considerar las preocupaciones derivadas de problemas eventualmente desatados por él mismo. Bastaba pensar en que quizás el descaro terminaría salvándole del yugo eterno o condenando a muerte a alguien más. Perfecto: la ecuación no era tan mala después de todo.
Debía dormir para dedicarle sus esfuerzos a la Econometría. La semana había valido la pena después de las sonrisas causadas. Quizás no tenía que resistirse tanto. Quizás correspondía desconfiar más esta vez. La interrogante quedaría abierta y sería refrendada en las cuatro semanas posteriores. Como si se hubiera reencontrado, miró al suelo hasta encontrarse con la elección de su mejor amiga. Ahora tenía algo en común con la inocente menor de edad... sólo que en otro color. Uno fome. Que le hizo sonreír.
Escrito por Carlos a las 23:31 del sábado 27 de junio de 2009 | 0 Comentarios PermaLink
Dos lágrimas
"Este no es el amor que quisiera concebir. Hoy yace torcido, decepcionado, abatido por tu indiferencia y tu frialdad. He querido escapar sucesivas veces. Pero vuelvo a ti siempre. Se cumple la maldita frase: me dejas libre y sigo volviendo. Pero no podrás contra mí. Cuando creí que había perdido la última esperanza para huir, he encontrado una mejor, una que no está mancillada por la falta de verdad y el misticismo y que depende exclusivamente de mí. En unos minutos más podré decir que he vencido.
Igual te amo. Por desgracia."
La policía encontró la nota sobre el escritorio y se la entregó a su mejor amigo, a aquel que cumplía el servicio completo y que quedó en su mente como un héroe, sin que imaginara siquiera de qué calaña era. Él simplemente la arrugó y la arrojó al río. Y le dijo a ella: "era un cobarde, quedó colgando del cuarto piso".
Dos lágrimas cayeron por su rostro. Que se conformaran: ella no lloraba en público.
Igual te amo. Por desgracia."
La policía encontró la nota sobre el escritorio y se la entregó a su mejor amigo, a aquel que cumplía el servicio completo y que quedó en su mente como un héroe, sin que imaginara siquiera de qué calaña era. Él simplemente la arrugó y la arrojó al río. Y le dijo a ella: "era un cobarde, quedó colgando del cuarto piso".
Dos lágrimas cayeron por su rostro. Que se conformaran: ella no lloraba en público.
Escrito por Carlos a las 19:57 del jueves 18 de junio de 2009 | 1 Comentarios PermaLink
Dos Amaneceres
Poco antes de bajar del U-Bahn en Baumwall, la chica contesta su teléfono. Sabía perfectamente quién la llamaba y hasta podía presentir qué tan distante estaba él. Sin dudas la había alejado lo suficiente, lo prudente, como debía ser. Escuchó su voz como lo había hecho horas atrás, en aquella despedida marcada por un último beso, frío e intenso: reflejando perfectamente lo que nunca hubo entre ellos. Nada especial en las palabras que le decía, seguramente sólo lo predecible. La actitud de buena crianza sería suficiente. Y cortó.Caminó hacia su departamento en las cercanías del Elba, con la noche cayendo sobre sus hombros, sin lluvia alguna a pesar del cielo cubierto. Un sutil sentimiento de culpa la invadió, pues aun cuando él no fuera capaz de erizar su piel, era una buena persona. Ella no era capaz de entender que las relaciones funcionan sólo cuando hay dos dispuestos y hasta se presionaba a vivir la atracción. Así lo entendió él, sin rencor alguno, guardó sus escasos encantos y tomó el S-Bahn hacia Altengörs, sin mirar atrás. Probablemente hubiese querido huir de Hamburgo esa misma noche, pero no era su estilo. Los fracasos eran la forma perfecta de darle gloria a los triunfos. Pero... ¿acaso había herido a su corazón? ¿Acaso había algo en él que no merecía ser descartado? Su inseguridad no le permitía conformarse con su decisión, pensando en que podía arrepentirse inclusive sin sentir nada, sin querer nada.
La volvió a llamar, sería la última. Le habló murmurando halagos en italiano, con un dejo de resignación en su voz. Esa sería la última sonrisa que él podría haber ganado en ella., venciendo temporalmente a la mueca de insatisfacción. Le sugirió que descansara, oculta entre las sábanas, sin mirar las luces que rodeaban el río. De alguna u otra manera, él la veía única y especial. Ella no se lo creía.
Nunca supo cuántas veces pensó en ella al día siguiente. Su determinación de desaparecer, de que su cita de algún día no se proyectara nunca más le empujaba a controlar su imaginación. La lunática. Llovió todo ese domingo.
Al segundo amanecer que su hermoso rostro contempló, todo sentimiento de culpa había desaparecido. El tipo del norte sería sólo una buena persona, a quien le dedicaba buenos deseos y nada más. Qué importaba que él quisiera darse la oportunidad de amarla, si a ratos era asfixiante, si solía ser tan exigente... y si su intención nada más la avergonzaba. Sonrió, nuevamente. Entonces, sobre el Elba, brilló el sol.
Escrito por Carlos a las 12:00 del lunes 15 de junio de 2009 | 1 Comentarios PermaLink
Trescientos Dos
Me he convertido en il joker della trecento due. Así me llaman cuando pido que me traigan la correspondencia o cuando me siento con la bata verde a mirar el horizonte. Percibo un tono de desconcierto en su forma de referirse a mí. El mundo se ha cerrado en torno a las cosas que poseo y que no quiero perder. La semana pasada llegó ella a pedirme dinero, a pesar de que no hablábamos hace meses. Sabe perfectamente que cada vez que tiene un problema, ahí estoy. Se fue sonriente con quinientos euros en la mano y desde entonces no ha vuelto a dar señal. No le creí nada. Qué suerte.
Las noches de Milán son muy distintas de las de Bergen. La frialdad noruega, en sus personas, en sus ambientes, en su estilo saltaba a la vista. Las miradas extrañadas, casi despectivas, ante el cabeza negra que divagaba buscando un café cortado. Acá en Italia las cosas son distintas, me hace sentir prácticamente en casa. Su acento fuerte y efusivo se desliza por los pasillos y me permite escuchar todas las conversaciones. Ya domino el idioma, aunque reconozco que se me hizo más difícil de lo que pensaba. Me hice un par de amigos acá, que no parecen italianos: hablan poco y despacio. A ratos me pregunto qué es lo que tienen. Sonríen nerviosos y se miran con temor.
¿Te conté que la fui a buscar a Hälden? No la encontré. Recorrí todas partes y no apareció. No debería haber sido tan complicado hallarla, si el color de su cabello la hubiese hecho inconfundible en todo el país. Pero no apareció. Espero que no le haya pasado nada malo y que sea feliz. Tú me entiendes. Sólo quería sentarme frente a ella, escucharla otra vez y averiguar de su vida. Al fin y al cabo, fue la única que me quiso de verdad –sin haberle correspondido como se lo merecía– y no puedo hacer más que desearle felicidad.
Ayer debería haber tomado el vuelo a Londres, pues mañana empieza el Seminario de la LSE. Ha sido intenso todo este período, saltando de universidad en centro de investigación, de departamento en ministerio. Me han tratado espectacular, tanto que ni siquiera he tenido que pagar para comer bien. Acá también han sido solidarios conmigo. La enfermera me sonríe cada vez que pasa. Hemos conversado varias veces y me encantaría poder invitarla a tomar un helado conmigo, mi invitación favorita allá en Santiago. Es inteligente, es simpática y es hermosa. Qué triste saber que cuando salga de acá deberé tomar algún vuelo a uno de los destinos programados y no tendré posibilidad de conocerla como me gustaría.
La doctora es a la única que no soporto. Todas las mañanas aparece con una mirada inquisidora, pretendiendo escrutar las cosas que me pasaron durante la noche. Se arregla el pelo a cada rato. Le he preguntado quince veces por qué me tiene amarrado a la cama. ¿Habrá sido por culpa del idiota de abajo? Yo he sido bien claro en que fue sólo por diversión: su ironía me tenía cansado. Insisten en que soy culpable, ella y el sargento que viene todos los días a interrogarme. ¿Desde cuándo es delito enseñarle a alguien a volar? Él saltó feliz.
Extraño la música. Te extraño a ti. Me gustaría que en vez de estar enclaustrado en una clínica, fueras tú quien cuidara de mí. ¿Te dije alguna vez que has sido la mejor mamá que pude haber tenido?
Están susurrando a la entrada de la 302. La morfina ha hecho efecto: no puedo entender una palabra de lo que dicen. La enfermera me dijo que mañana sería un día especial. Y se despidió con una sonrisa, como siempre. Una aparición más y la llevaré conmigo.
Te dejo. No puedo dejar de pensar en que me quieren matar. Ojalá se diviertan. Te amo.
Las noches de Milán son muy distintas de las de Bergen. La frialdad noruega, en sus personas, en sus ambientes, en su estilo saltaba a la vista. Las miradas extrañadas, casi despectivas, ante el cabeza negra que divagaba buscando un café cortado. Acá en Italia las cosas son distintas, me hace sentir prácticamente en casa. Su acento fuerte y efusivo se desliza por los pasillos y me permite escuchar todas las conversaciones. Ya domino el idioma, aunque reconozco que se me hizo más difícil de lo que pensaba. Me hice un par de amigos acá, que no parecen italianos: hablan poco y despacio. A ratos me pregunto qué es lo que tienen. Sonríen nerviosos y se miran con temor.
¿Te conté que la fui a buscar a Hälden? No la encontré. Recorrí todas partes y no apareció. No debería haber sido tan complicado hallarla, si el color de su cabello la hubiese hecho inconfundible en todo el país. Pero no apareció. Espero que no le haya pasado nada malo y que sea feliz. Tú me entiendes. Sólo quería sentarme frente a ella, escucharla otra vez y averiguar de su vida. Al fin y al cabo, fue la única que me quiso de verdad –sin haberle correspondido como se lo merecía– y no puedo hacer más que desearle felicidad.
Ayer debería haber tomado el vuelo a Londres, pues mañana empieza el Seminario de la LSE. Ha sido intenso todo este período, saltando de universidad en centro de investigación, de departamento en ministerio. Me han tratado espectacular, tanto que ni siquiera he tenido que pagar para comer bien. Acá también han sido solidarios conmigo. La enfermera me sonríe cada vez que pasa. Hemos conversado varias veces y me encantaría poder invitarla a tomar un helado conmigo, mi invitación favorita allá en Santiago. Es inteligente, es simpática y es hermosa. Qué triste saber que cuando salga de acá deberé tomar algún vuelo a uno de los destinos programados y no tendré posibilidad de conocerla como me gustaría.
La doctora es a la única que no soporto. Todas las mañanas aparece con una mirada inquisidora, pretendiendo escrutar las cosas que me pasaron durante la noche. Se arregla el pelo a cada rato. Le he preguntado quince veces por qué me tiene amarrado a la cama. ¿Habrá sido por culpa del idiota de abajo? Yo he sido bien claro en que fue sólo por diversión: su ironía me tenía cansado. Insisten en que soy culpable, ella y el sargento que viene todos los días a interrogarme. ¿Desde cuándo es delito enseñarle a alguien a volar? Él saltó feliz.
Extraño la música. Te extraño a ti. Me gustaría que en vez de estar enclaustrado en una clínica, fueras tú quien cuidara de mí. ¿Te dije alguna vez que has sido la mejor mamá que pude haber tenido?
Están susurrando a la entrada de la 302. La morfina ha hecho efecto: no puedo entender una palabra de lo que dicen. La enfermera me dijo que mañana sería un día especial. Y se despidió con una sonrisa, como siempre. Una aparición más y la llevaré conmigo.
Te dejo. No puedo dejar de pensar en que me quieren matar. Ojalá se diviertan. Te amo.
Escrito por Carlos a las 15:37 del lunes 8 de junio de 2009 | 1 Comentarios PermaLink
Noche de Santiago
Noche de Santiago. Debería estar estudiando, pero algo hay en mí que lo impide. Será una sublime comprensión de todo, como lo he leído vagamente. Saturado de derivar e integrar y encontrar una solución a lo difícil. Las cosas fáciles son las que presentan problemas, en particular cuando los encantos van en franca retirada. Ni siquiera funcionan sobre mí mismo.
Las épocas ya no son buenas como entonces –miento, sé que lo hago, es una desfachatez de mi parte, pero ya está– y es la fiebre de tenerte y no tenerte la que descompensa el organismo. Tardes verdes y noches azules que parecen encerradas en el olvido. ¿Estaré malgastando mi vida? ¿Se estará desperdiciando en medio de la nada? Fue mi elección, las culpas de la arrogancia y del éxito. Quizás no valga la pena reventarse así.
Ni siquiera sé lo que escribo. Río en mi propio desorden, mirando las luces que evitan el desastre. Quiero salir. Voy a salir.
¿Por la ventana?
Las épocas ya no son buenas como entonces –miento, sé que lo hago, es una desfachatez de mi parte, pero ya está– y es la fiebre de tenerte y no tenerte la que descompensa el organismo. Tardes verdes y noches azules que parecen encerradas en el olvido. ¿Estaré malgastando mi vida? ¿Se estará desperdiciando en medio de la nada? Fue mi elección, las culpas de la arrogancia y del éxito. Quizás no valga la pena reventarse así.
Ni siquiera sé lo que escribo. Río en mi propio desorden, mirando las luces que evitan el desastre. Quiero salir. Voy a salir.
¿Por la ventana?
Escrito por Carlos a las 16:58 del jueves 28 de mayo de 2009 | 1 Comentarios PermaLink
Confianza
El reloj marca las cero y treinta y siete. Doble cero para algunos. Qué importa. Recordemos que sólo soy un wannabe de algo que jamás supe qué era. Yerro, sin dudas lo hago. Y pierdo el tiempo con pensamientos divergentes mientras asomo mi silueta por la ventana para contemplar las escasas luces de la incipiente madrugada. Las melodías europeas invaden mis ideas, nublándolas aún más. ¿Será posible tanta decisión en la indecisión? ¿Qué pasaría si, de un minuto a otro, las cosas salieran como espero… pero simultáneamente? Claro está que las probabilidades no favorecen ese eventual escenario… y yo rento de ellas. Voy apostando montos pequeños que luego se van multiplicando al perder en alguna liga. Y busco deportes nuevos. Terminaré apostando a la esgrima.
Hay algo que está lejos de satisfacerme. Intenté juramentar algo que me duró un par de días. Por fortuna fue así, claro está, porque los resultados empíricos de mi experimento natural no fueron los deseados. Al final, tú formas parte del juego mismo. Tú puedes cambiar las cosas, aunque con un marco reducido. No eres el supremo artífice de las cosas, sino que un jugador más. He celebrado goles. He lamentado derrotas. Me he quedado a las puertas de la gran final… y le he hecho la cama al técnico. Pensar que soy pésimo para la pelota.
¿Por qué escribo estas cosas? ¿De qué sirve? Quizás un “te quiero” valdría más. Quizás no. Deberé tomar la palabra de aquel mismo que fue mi predecesor. No vale la pena seguir sumergiéndome en el mismo lodo que me tiene cubierto hasta los párpados y que casi no me deja respirar. El problema es: ¿cuál es la rentabilidad del nuevo fondo? Sin dudas prefiero lo que ya tengo… y no por preferir lo seguro, sino que porque simplemente considero que es lo mejor. Hay afectos involucrados. Para allá, para acá.
¿Qué hago en estas circunstancias? A ratos quisiera que una estrella fugaz me facilitara las cosas. Que alguien se dejara llevar. Que alguien llamara. Que alguien tomara distancia.
Confianza. Sólo en ti tengo confianza. Cúbrete de bendiciones… para siempre.
Hay algo que está lejos de satisfacerme. Intenté juramentar algo que me duró un par de días. Por fortuna fue así, claro está, porque los resultados empíricos de mi experimento natural no fueron los deseados. Al final, tú formas parte del juego mismo. Tú puedes cambiar las cosas, aunque con un marco reducido. No eres el supremo artífice de las cosas, sino que un jugador más. He celebrado goles. He lamentado derrotas. Me he quedado a las puertas de la gran final… y le he hecho la cama al técnico. Pensar que soy pésimo para la pelota.
¿Por qué escribo estas cosas? ¿De qué sirve? Quizás un “te quiero” valdría más. Quizás no. Deberé tomar la palabra de aquel mismo que fue mi predecesor. No vale la pena seguir sumergiéndome en el mismo lodo que me tiene cubierto hasta los párpados y que casi no me deja respirar. El problema es: ¿cuál es la rentabilidad del nuevo fondo? Sin dudas prefiero lo que ya tengo… y no por preferir lo seguro, sino que porque simplemente considero que es lo mejor. Hay afectos involucrados. Para allá, para acá.
¿Qué hago en estas circunstancias? A ratos quisiera que una estrella fugaz me facilitara las cosas. Que alguien se dejara llevar. Que alguien llamara. Que alguien tomara distancia.
Confianza. Sólo en ti tengo confianza. Cúbrete de bendiciones… para siempre.
Escrito por Carlos a las 10:43 del lunes 13 de abril de 2009 | 5 Comentarios PermaLink