Risitas

Imagínate así. Son las tres de la tarde y te baja un leve impulso romántico. Tomas el teléfono y llamas, sin más interés que balbucear algunas palabritas dulces para la otra persona. Si te es posible, imagina que tu iniciativa inicial -cacofonía incluida- es simplemente escuchar su voz. Pues bien: te contestan sin la mejor de las disposiciones y comienzas a escuchar acerca de temas que son de relevancia para tu interlocutora. Pones atención, porque en tu encantamiento piensas "lo que a ella le importe, me importa a mí" y comienzas a opinar. Añádele que la señal se pierde. Tu intención se ve totalmente mal interpretada y la mala disposición del principio se vuelve molestia. Ya no hay disculpa que sea capaz de limpiar la mala imagen. Y tú eres culpable.
Lo peor de todo es que ese pensamiento te ataca inevitablemente. Una y otra vez. Pasan los segundos y te martilla la cabeza la idea de que tú eres culpable. Tomas el teléfono de nuevo, con un espíritu aún más sumiso y entregado que antes. Te disculpas, intentas un discurso conciliador y dices aquellas palabras amorosas que pensabas expresar. Vuelan tus sentimientos por las vías satelitales para encontrar sus oídos. En ese momento... te invaden los deseos de verla. Lo mencionas, siquiera y te marca la presencia de sus amigos -como si tú quisieras robar todo su tiempo y alejarla de sus amigos-, casi como si te insinuara que ellos importan más que tú. Escuchas sus risitas por el teléfono. Se vuelven más y más fuertes. Ella ya ni te escucha, ni te pone atención alguna. Confirmas que sus amigos son infinitamente más importantes que tú. Muchas veces lo tienes claro, pero no es agradable estrellarse con la realidad.

Menos agradable es sentirte fuera de su vida.
Mucho menos agradable es seguir queriéndola a pesar de todo.
Y muchísimo menos agradable es sentirte abatido toda la tarde por la bendita llamada en que sólo querías decirle que la quieres.

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