Trescientos Dos

Me he convertido en il joker della trecento due. Así me llaman cuando pido que me traigan la correspondencia o cuando me siento con la bata verde a mirar el horizonte. Percibo un tono de desconcierto en su forma de referirse a mí. El mundo se ha cerrado en torno a las cosas que poseo y que no quiero perder. La semana pasada llegó ella a pedirme dinero, a pesar de que no hablábamos hace meses. Sabe perfectamente que cada vez que tiene un problema, ahí estoy. Se fue sonriente con quinientos euros en la mano y desde entonces no ha vuelto a dar señal. No le creí nada. Qué suerte.
Las noches de Milán son muy distintas de las de Bergen. La frialdad noruega, en sus personas, en sus ambientes, en su estilo saltaba a la vista. Las miradas extrañadas, casi despectivas, ante el cabeza negra que divagaba buscando un café cortado. Acá en Italia las cosas son distintas, me hace sentir prácticamente en casa. Su acento fuerte y efusivo se desliza por los pasillos y me permite escuchar todas las conversaciones. Ya domino el idioma, aunque reconozco que se me hizo más difícil de lo que pensaba. Me hice un par de amigos acá, que no parecen italianos: hablan poco y despacio. A ratos me pregunto qué es lo que tienen. Sonríen nerviosos y se miran con temor.
¿Te conté que la fui a buscar a Hälden? No la encontré. Recorrí todas partes y no apareció. No debería haber sido tan complicado hallarla, si el color de su cabello la hubiese hecho inconfundible en todo el país. Pero no apareció. Espero que no le haya pasado nada malo y que sea feliz. Tú me entiendes. Sólo quería sentarme frente a ella, escucharla otra vez y averiguar de su vida. Al fin y al cabo, fue la única que me quiso de verdad –sin haberle correspondido como se lo merecía– y no puedo hacer más que desearle felicidad.
Ayer debería haber tomado el vuelo a Londres, pues mañana empieza el Seminario de la LSE. Ha sido intenso todo este período, saltando de universidad en centro de investigación, de departamento en ministerio. Me han tratado espectacular, tanto que ni siquiera he tenido que pagar para comer bien. Acá también han sido solidarios conmigo. La enfermera me sonríe cada vez que pasa. Hemos conversado varias veces y me encantaría poder invitarla a tomar un helado conmigo, mi invitación favorita allá en Santiago. Es inteligente, es simpática y es hermosa. Qué triste saber que cuando salga de acá deberé tomar algún vuelo a uno de los destinos programados y no tendré posibilidad de conocerla como me gustaría.
La doctora es a la única que no soporto. Todas las mañanas aparece con una mirada inquisidora, pretendiendo escrutar las cosas que me pasaron durante la noche. Se arregla el pelo a cada rato. Le he preguntado quince veces por qué me tiene amarrado a la cama. ¿Habrá sido por culpa del idiota de abajo? Yo he sido bien claro en que fue sólo por diversión: su ironía me tenía cansado. Insisten en que soy culpable, ella y el sargento que viene todos los días a interrogarme. ¿Desde cuándo es delito enseñarle a alguien a volar? Él saltó feliz.
Extraño la música. Te extraño a ti. Me gustaría que en vez de estar enclaustrado en una clínica, fueras tú quien cuidara de mí. ¿Te dije alguna vez que has sido la mejor mamá que pude haber tenido?
Están susurrando a la entrada de la 302. La morfina ha hecho efecto: no puedo entender una palabra de lo que dicen. La enfermera me dijo que mañana sería un día especial. Y se despidió con una sonrisa, como siempre. Una aparición más y la llevaré conmigo.
Te dejo. No puedo dejar de pensar en que me quieren matar. Ojalá se diviertan. Te amo.

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